Reemplazar un sistema de gestión que quedó viejo

Durante unas semanas vas a tener dos sistemas conviviendo, y el objetivo es que el negocio no se entere. La parte técnica casi nunca es lo difícil; lo difícil es elegir el día del corte y sostener la transición sin frenar la operación.

El problema

El sistema que sigue funcionando

Nada está roto. El sistema abre, factura y emite los comprobantes. Por eso el cambio se posterga año tras año: no hay una urgencia, hay una fricción constante que todos aprendieron a esquivar.

Alguien exporta a una planilla todos los meses para armar un informe que el sistema no da. Otra persona lleva un registro aparte de una parte del negocio que el sistema nunca contempló. Hay tres pantallas que nadie usa y una que se usa para algo distinto de aquello para lo que fue hecha.

El costo real no aparece en ninguna factura: son las horas de gente ordenando a mano lo que el software debería entregar armado, y las decisiones que se toman tarde porque el dato llega tarde.

Las señales que importan

La más clara es el sistema paralelo. Cuando el equipo mantiene planillas o cuadernos al lado del software, eso no es indisciplina: es la medida exacta de lo que el sistema no hace y el negocio necesita.

La segunda es que cualquier cambio sea imposible o carísimo. Un pedido razonable —agregar un campo, cambiar un circuito— que se responde con que no se puede o que hay que esperar meses, significa que el software dejó de acompañar al negocio y el negocio se está acomodando al software.

La tercera es más silenciosa: que nadie sepa cómo hace lo que hace. Un sistema que funciona pero que nadie puede explicar ni modificar es un riesgo que crece solo con el tiempo.

Notá que ninguna depende de los años que tenga el software. Uno de una década que se puede modificar y que el equipo entiende no necesita reemplazo; uno de dos años cerrado y opaco sí.

Sacar los datos del sistema viejo

Esta es la parte que más conviene resolver antes de firmar nada. Algunos sistemas exportan a formatos abiertos sin problema. Otros exportan sólo reportes armados, que sirven para leer y no para importar. Y en algunos casos el acceso a la base de datos está restringido por el propio proveedor.

La pregunta concreta que hay que hacer antes de empezar es si podés obtener tus datos en un formato estructurado, con qué nivel de detalle y en cuánto tiempo. Si la respuesta es incómoda, eso ya es parte del diagnóstico.

Cuando no hay exportación posible, quedan caminos peores pero transitables: recuperar la información desde los reportes disponibles o, en el peor de los casos, cargar sólo los saldos y arrancar de cero el histórico. Es una decisión de costo, y conviene tomarla con los números a la vista y no cuando ya no hay vuelta atrás.

Las semanas en que conviven los dos

La transición no es un interruptor. Durante un tiempo el sistema viejo sigue siendo la referencia de todo lo anterior y el nuevo empieza a recibir la operación diaria.

El error caro es cargar en los dos en paralelo para comparar. Duplica el trabajo del equipo justo en el momento de mayor tensión, y cuando aparece una discrepancia nadie sabe cuál de los dos está mal.

Lo que sí funciona es dividir por área: arrancar con una parte del negocio en el sistema nuevo mientras el resto sigue como estaba, y sumar las demás una por una. Cada área que se muda es una prueba real con volumen real, y si algo falla afecta a una sola parte de la operación.

Durante ese período el sistema viejo pasa a modo consulta lo antes posible. Mientras se pueda seguir cargando en él, alguien va a seguir cargando en él.

Elegir el día del corte

El mejor día del corte es el más aburrido que encuentres: un arranque de período, después de un cierre, con el inventario recién contado y en la temporada más floja del año.

Lo peor es cortar en un pico de actividad para aprovechar que el sistema nuevo está listo. Un problema menor en un día tranquilo se resuelve en una hora; el mismo problema en el día más cargado del mes se convierte en la historia que el equipo va a contar durante dos años cada vez que alguien proponga un cambio.

Conviene además tener escrito de antemano qué se hace si hay que volver atrás y hasta qué momento esa vuelta atrás sigue siendo posible. Casi nunca se usa, y tenerlo escrito es lo que permite tomar la decisión con calma si hace falta.

Preguntas frecuentes

¿Puedo quedarme con el sistema viejo como respaldo?

Sí, en modo consulta, y es recomendable durante un tiempo. Lo que no conviene es dejarlo habilitado para cargar, porque en cuanto haya una urgencia alguien lo va a usar y vas a tener dos historias distintas.

¿Cuánto tarda una transición así?

Depende de cuántas áreas haya que mudar y de qué tan accesibles estén los datos. Se planifica por etapas justamente para que no haya una fecha única de la que dependa todo.

¿Y si mi proveedor actual no me da los datos?

Es más común de lo que debería. Se evalúan las vías alternativas —reportes, exportaciones parciales— y si ninguna alcanza, se decide con qué información mínima arrancar. Saberlo temprano cambia el plan entero.

¿El equipo va a tener que aprender todo de nuevo?

En parte, y por eso el sistema se construye siguiendo los circuitos que ya usan en lugar de imponer otros. La resistencia al cambio casi siempre es resistencia a que te cambien la forma de trabajar sin motivo.

¿Conviene reemplazar todo o sólo una parte?

Casi siempre una parte primero. Reemplazar todo de una vez concentra el riesgo en un solo día y hace imposible saber qué falló si algo falla.

¿Qué pasa con los comprobantes ya emitidos?

Se conservan y se archivan como corresponda. Lo que se migra al sistema nuevo son los saldos que esos comprobantes dejaron abiertos, no los comprobantes en sí.

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